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Burras, las 4×4 del campo

El cariño ha estado allí desde que por ellas llenaban de agua los tanques, trayéndola de los pueblos cercanos y calmando la sed de los campesinos. Las burras, dice Mercedes Llerena, hace unos 40 años eran el único medio de transporte que existía. No había carreteras, solo trochas, por donde cabían apenas cuatro patas y los carros aún no tenían espacio. En ese entonces, cuenta Mercedes, era un lujo tener una “burrita”. Es como ahora ser dueño de un carro 4×4.
Uno salía a donde sea, porque a donde sea llevaban. Iban a paso lento, con la marcha pesada y la cabeza baja, pero llegaban, a su tiempo, pro llegaban. Las había en todos lados, desde Jipijapa hasta Chone, desde Junín hasta Pedernales. En Danzarín, sitio rural de Rocafuerte, hay unas 10 burras. Antes había más, casi 50, al menos una burra o burro por familia. Estaban por todos lados. Hasta se los podía amarrar en el “carretero” , cuenta Margarita Párraga.
Ahora ya no se puede hacer eso. Porque en las noches la vía es oscura y si un carro se choca con la “bestia”, el dueño del animal debe asumir todos los gastos. Es un compromiso grande, expresa. Margarita es parte de un grupo que todos los años, en octubre, organiza el concurso de la burra mejor vestida. Es un homenaje a esos animalitos, cuenta. Hay baile, comida y belleza animal. Un reconocimiento al trabajo que hicieron y que aún siguen realizando en el campo. El año pasado la ganadora fue una burra llamada “Paulina Rubio”. Conquistó al jurado con su traje fucsia, pestañas caídas y su melena adornada con flores. Margarita dice que cada. año resulta más complicado conseguir burras para el concurso. A veces las han traído de otros pueblos, porque en anzarín hay pocas.
LAS GANADORAS. Rocío Duque dice que “Paulina Rubio” ha sido una de las burras más “gananciosas” (ganadoras) de la zona. Ya van dos años que el “animalito” se ha llevado el premio: una corona y 50 dólares. De allí hay otras, pero ninguna tan bonita y bien vestida como ella.
eso que Rocío tiene su propia “burrita” amarrada en el patio trasero de la casa. Está en un camino enlodado y lleno de maleza donde Rocío camina como si llevara unas botas imaginarias que no atravesarían ni el diente de culebra,
pero no lleva nada. Camina sin zapatos. “Mírela”, dice Rocío con las manos llenas de lodo por haber cogido el cabo. “Allí está, tómele fotos, hágala famosa, es una burra muchachita todavía. Tiene tres años”, agrega. La burra no se mueve. Aún la están amansando. Es terca, dice Rocío, pero eso sí, póngale un hombre al frente y lo persigue, siempre lo ha hecho, comenta.
Eso está sospechoso, le digo. “Así es”, contesta “Yo también he llegado a pensar mal, pero la burrita pasa amarrada y no se va a ningún lado”, añade. “Igual cuando las cosas están para pasar, pasan”, dice. Me despido de Rocío y de pronto, la burra terca, la que no se mueve, se atraviesa en el camino. No deja pasar y empieza a seguirme hasta donde le da el cabo. “Burra machona”, expresa Rocío.

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